Reseña:
El Poeta de Simón Mesa
En El
Poeta, Simón Mesa no filma a un hombre—filma un verso que se pudre vivo
En El
Poeta, Simón Mesa no filma un hombre. Filma un verso que se pudre en cámara
lenta. Y digo “verso” porque no hay cuerpo, no hay personaje sólido, solo la
sensación de que alguien escribió un poema con carne y se olvidó de ponerle
fin. No sé si eso sea cine o autopsia, pero me dejó la incomodidad de un espejo
empañado: ves tu reflejo, pero no estás seguro si las manchas son tuyas o del
vidrio.
El
protagonista es un poeta fracasado. Eso dicen. A mí me gusta más pensarlo como
un hombre que se quedó atrapado en la peor musa posible: la muerte. Vive como
si cada día fuera la nota al pie de un epitafio. Camina, escribe, bebe, pero
todo lo hace como si ya estuviera muerto y no quisiera que lo noten. Nietzsche
diría que ahí, en ese caos, está la semilla del arte. Schopenhauer, más seco,
diría que es solo la voluntad intentando escaparse un rato. Yo, mientras lo
veía tambalear entre vasos y versos, pensé en mis propias madrugadas. No tan
graves, no tan cinematográficas, pero igual de huecas.
Mesa no
dirige para entretener. Dirige para abrir en canal un alma y dejarla sangrar
frente a nosotros. Y esa sangre huele. Huele a fracaso, a libros que no
alcanzaron la gloria, a familia que no logró sostener, a una hija que lo mira
sin verlo, y a un colegio que le da la espalda después de un escándalo. El
poeta, más que personaje, es un cadáver que todavía respira, un cuerpo que se
empeña en escribir mientras se descompone.
Un
alma en estado de autopsia
En
Grecia, la tragedia servía de catarsis: el público se purificaba al enfrentar
lo inevitable. En El Poeta, no hay tal purificación. Aquí la tragedia es
un túnel sin salida. Lo que debería liberar, esclaviza. El arte, en lugar de
ser bálsamo, es una infección que se propaga con cada palabra escrita.
El
protagonista publicó dos libros: dos gritos impresos que intentan ordenar el
caos. Pero entre todas sus páginas, un poema brilla como cuchillo: uno dedicado
a una flor. La flor no es flor: es su hija. Pura, intocable, demasiado lejos de
la podredumbre en que él se ahoga. Ese poema es su testamento, pero también su
confesión de derrota. Lo único que tiene para dejar es una metáfora que ni
siquiera lo salva.
Yo, que
también escribo y me he emborrachado buscando un destello en la oscuridad, lo
entendí demasiado. No sé si me dolió la película o mi propio recuerdo. Lo
cierto es que, cuando el poeta declama ese poema, sentí que estaba leyendo mi
propio cuaderno, ese que escondo como si fuera dinamita.
La
caída en el colegio
El punto
de quiebre llega cuando Óscar, aferrado a su papel de maestro y poeta, decide
llevar a una estudiante a una velada literaria. El gesto, que podía sonar
noble, se pudre rápido. Ella bebe más de la cuenta, él se deja arrastrar por la
borrachera colectiva y la bohemia se convierte en un circo barato. La chica
termina vomitando, desmayada, y él, incapaz de cuidarla, la abandona en la
puerta de su casa.
El
colegio no perdona. No hace falta un juicio ni un escándalo público: basta con
el rumor, con la sospecha, con esa certeza silenciosa de que ya ha cruzado la
línea. Y lo más ruin: no hay video del desastre, pero sí dinero. Le dan un
millón de pesos para tapar la vergüenza. No es un pago ni una sanción, es
limosna. Como si la dignidad del poeta —y la de su alumna— valiera exactamente
esa cifra miserable.
Ese
millón pesa más que cualquier verso. Lo marca para siempre como el hombre que
vendió su palabra al precio de una resaca. Y yo lo entiendo: la dignidad cuesta
caro cuando no hay trabajo ni futuro.
La
hija: espejo roto
La
relación con la hija es el corazón podrido de la película. No hay odio, tampoco
reconciliación (al menos no al principio). Solo indiferencia, que a veces duele
más. Ella lo mira como quien observa una ruina que estorba en la sala de la
casa. Y él, cada vez que la ve, se enfrenta a la posibilidad de lo que pudo
ser.
A través
de ella se asoma su anhelo de grandeza, esa ilusión de haber escrito algo
sublime que el tiempo recordara. Kant hablaría del “desinterés” de lo sublime.
Aquí no hay nada de eso. Aquí todo es egoísta. El poeta no quiere que su hija
sea libre, quiere que cumpla lo que él abandonó. Quiere proyectarse en ella,
como quien se cuelga de un reflejo para no hundirse.
Y ella
lo rechaza, no con rabia, sino con esa frialdad adolescente que hiere más que
un grito. La madre, mientras tanto, es el último salvavidas. Lo sostiene, lo
cuida, lo intenta rescatar de la corriente, pero él no se deja. No porque no
quiera, sino porque no sabe cómo.
Mesa
encierra esta tensión en imágenes que duelen: una casa convertida en mausoleo,
miradas que nunca se encuentran, silencios que pesan más que los diálogos. Y de
repente uno entiende: no es la historia de un poeta; es la historia de una
familia colombiana rota, como tantas, donde el amor existe, pero no basta.
La
bohemia como cruz
Y claro,
está la bohemia. El bar, los tragos, los amigos que no son amigos, solo
cómplices que celebran tu derrumbe porque también los hace sentir vivos. Yo
también tuve algo de eso, aunque con menos glamour. Cerveza barata, humo de
cigarrillo y un cuaderno que se manchaba de ceniza. Nada heroico, nada de
posteridad. Solo un grupo de tipos creyendo que cada palabra mal escrita los
acercaba a la inmortalidad.
Mesa
filma esas noches como si también estuviera borracho: la cámara tambalea, se
enreda, pierde foco. Y ahí el poeta se luce, declama, sueña, suda palabras que
no llevan a ningún lado. Sus libros —dos, apenas— son prueba de esa batalla
perdida: más dolor que gloria, más cicatriz que aplauso.
No pude
evitar pensar en José Asunción Silva. Ese otro poeta colombiano que escribió Nocturno
antes de meterse una bala en el corazón. Silva también creyó que la poesía era
escalera hacia lo sublime, y terminó siendo un pozo. El protagonista de Mesa es
un eco de Silva: mismo sacrificio, mismo desenlace. Como si Colombia no supiera
producir poetas vivos, solo fantasmas con cuadernos.
Filosofía
en carne viva
Schopenhauer
está presente como un fantasma implacable. Para él, el arte debía ser vía de
escape al sufrimiento, contemplación pura, silencio de la voluntad. Pero en El
Poeta, el arte no redime. Cada verso es un intento de huida que fracasa. Y
cada fracaso abre una herida más honda.
Lo
sabemos, pero lo negamos: romantizamos el arte, lo llamamos salvación. Pero la
verdad es que puede ser adicción, como el alcohol. Una promesa que te ata más
fuerte. Y aun así seguimos, porque en esa condena hay algo humano, demasiado
humano, que nos hace sentir vivos, aunque estemos arruinados.
Confesión
inevitable
Personalmente,
esta película me atravesó como un cuchillo oxidado. No es que yo sea ese poeta,
pero podría haber sido. Fui borracho, sigo siendo poeta a ratos, y cada página
que escribo huele un poco a mis propios fantasmas. Estoy terminando un libro, y
no sé si es mi salvación o mi epitafio. Cuando vi a ese hombre en pantalla,
tambaleando entre familia, versos y copas, sentí que me estaba mirando sin
filtros.
Salinger
decía —no con esas palabras, pero con ese tono suyo— que escribir es un acto de
confesión. Y eso sentí viendo El Poeta: una confesión que nadie pidió,
pero que duele porque es verdad.
Medellín,
escenario sin maquillaje
El
contexto también pesa. Mesa retrata una Medellín que nunca saldrá en folletos
turísticos. Bares donde los poetas se queman en voz alta, calles donde la
tragedia se siente en las paredes húmedas, casas donde la gente se quiere sin
entenderse. Es una ciudad que respira como el protagonista: viva, pero a punto
de colapsar.
La
fotografía es gris, las luces nunca abrigan, la música casi no existe. En lugar
de banda sonora, escuchamos vasos que chocan, buses que pasan, silencios
familiares que hieren. La ciudad misma se convierte en partitura de la
tragedia.
Redención
inesperada
Y, sin
embargo, a diferencia de Silva, a diferencia de tantos, aquí sí hay un gesto
final que abre un resquicio de luz. Oscar, en el clímax, abraza a su hija. Un
abrazo torpe, tardío, pero real. Y en ese contacto, que no necesita palabras,
la poesía vuelve a tener sentido. Ya no es el poema escrito ni el libro
publicado: es el vínculo humano que todavía respira.
El gesto
se completa cuando Oscar retira la imagen de José Asunción Silva de la pared.
Ese ídolo, que antes lo aplastaba con su sombra, ya no es necesario. Entiende
que no necesita morir como Silva para ser poeta. Que la verdadera poesía no
está en la bala ni en el epitafio, sino en sobrevivir lo suficiente para amar.
Epílogo
En El
Poeta no hay victoria. Hay derrota y, en medio de ella, una chispa de
redención. No hay tercer libro que lo salve, no hay gloria literaria, no hay
posteridad. Solo un hombre abrazando a su hija, y ese gesto basta para cambiar
el destino.
Mesa
obliga a mirar el abismo. Y uno, por más que quiera apartar la vista, no puede.
Yo tampoco pude. Salí del cine con la sensación de que mi propio cuaderno ardía
en el bolsillo, como si las palabras fueran dinamita lista para estallar.
La
pregunta queda flotando: ¿vale la pena? ¿Vale la pena seguir escribiendo,
seguir buscando lo sublime, sabiendo que tal vez nunca lo alcancemos?
Yo, que
sigo escribiendo, que sigo bebiendo a veces, que sigo buscando esa chispa en la
página en blanco, respondo que sí. Aunque me cueste sangre. Aunque me hunda.
Porque, como dijo Schopenhauer, el arte no salva, pero nos da un instante para
olvidar que estamos condenados.
Y en ese instante, vivimos.
Néstor
Astaiza
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